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China y el reto de la transición energética

Las potencias mundiales suman esfuerzos marcando fechas límites para alcanzar la neutralidad del carbono, un desafío que Pekín pretende convertir en oportunidad.

Con un desarrollo económico posterior al del resto de potencias, China todavía no ha alcanzado los niveles de emisiones de CO2 acumulados por Estados Unidos y Europa, cuyo proceso de industrialización comenzó hace más de un siglo. De ahí que fuera en 2005 cuando el gigante asiático desbancara a EE UU como principal emisor de gases contaminantes, alcanzando en 2012 un nivel similar de emisiones de CO2 a la contribución estadounidense y europea junta, hasta exceder la contribución que generan los gases de efecto invernadero de todos los países desarrollados de forma conjunta en 2019, según un reciente estudio de Rhodium Group.

Aunque la dependencia del carbón todavía vaya a ser significativa durante el próximo lustro, podría alcanzarse el punto de inflexión en su consumo durante este mismo año. Incluso en situación de pandemia, China incorporó 38,4 GW de nueva capacidad instalada de carbón durante 2020. Sin embargo, el objetivo es reducir el porcentaje de su uso por debajo del 56% durante 2021, respecto al 68% que representaba hace una década, según la Administración Nacional de Energía de China.

Con camino todavía por recorrer hasta alcanzar el nivel de economía avanzada, el gigante asiático no es ajeno a que las consecuencias del cambio climático pueden ejercer un fuerte impacto en sus planes de desarrollo socio-económico para los próximos años. Con una dependencia del carbón que supone el 50,5% del consumo global, el reto de establecer un mix energético donde primen las energías limpias requiere de una mayor transformación en su modelo de desarrollo. Se trata de reducir de forma significativa la proporción de emisiones de gases contaminantes que actualmente se sitúa en el 27,9%, casi cuatro veces más que el conjunto de la Unión Europea (7,98%) y casi el doble a las emisiones que genera Estados Unidos (14,5%). Frente a la complejidad que supone reducir una prolongada dependencia del carbón, China se beneficia de una amplia capacidad de inversión en el desarrollo de energías verdes, consiguiendo que las renovables sean responsables del 40,6% de la generación total de energía, además de ser líder mundial en la fabricación de paneles solares, turbinas eólicas y coches eléctricos.

Las dos caras de la moneda convergen en el caso de China, pero el gigante asiático tiene a su favor la acelerada adopción de las nuevas tecnologías como motor económico que, en el ámbito de la generación de energías verdes, supone una ventaja competitiva. La alta competitividad de los titanes tecnológicos chinos, promotores de nuevas formas de movilidad sostenible y con capacidad de monitorización utilizando la inteligencia artificial y el big data, se complementa con la alta implicación estatal para generar un ecosistema de doble palanca que contribuye a impulsar las reformas que debe abordar el país a corto y medio plazo para desarrollar una economía menos dependiente del carbón.

En esta carrera por convertirse en un jugador global, también en lo que a la cuestión del clima se refiere, China se adelantó al resto de potencias anunciando ante la Asamblea General de Naciones Unidas el pasado mes de septiembre la meta de alcanzar el pico de emisiones de gases de efecto invernadero en 2030 y la neutralidad del carbono en 2060. Por primera vez, el país establecía un horizonte temporal concreto a medio y largo plazo, avanzando en la senda de descarbonización comprometida en el Acuerdo del Clima de París.

La reciente publicación del XIV Plan Quinquenal (2021-2025) recoge estos dos hitos climáticos bajo el epígrafe “nuevo programa de civilización ecológica”, mostrando la relevancia de este proceso de transformación en el modelo energético y económico del país. En él se establecen unos objetivos de reducción de emisiones de CO2 por unidad de PIB (intensidad de CO2) del 18% y la reducción del 13,5% del consumo de energía por unidad de PIB (intensidad energética) en el período 2021-2025 respecto a los niveles de 2020. Adicionalmente, el plan establece una mejora de la tasa de cobertura forestal desde el 23,4% al 24,1% en 2025, el aumento del 40% de la capacidad de energía nuclear hasta los 70 GW, además de comprometerse a que la participación de fuentes no fósiles en su generación de mix energético sea cercana al 20%, desde el 15,9% alcanzado en 2020.

A diferencia de cómo viene siendo habitual, China no ha establecido en la nueva edición del plan un ritmo de crecimiento de la economía para los próximos cinco años debido a la situación de inestabilidad económica internacional y de crisis sanitaria global. No fijar un límite concreto de emisiones de CO2 puede parecer que los compromisos establecidos no son lo suficientemente ambiciosos. No obstante, el gigante asiático suele superar en la práctica las metas que define, como demuestran los logros conseguidos en cuestión de reducción de intensidad de CO2 en los dos últimos planes quinquenales, lo que llevaría a situar el pico de emisiones antes de 2025, según las estimaciones de los expertos.

En la batalla contra el calentamiento global, la firme apuesta por el mercado de los coches eléctricos, la energía nuclear y la imprescindible contribución de energía verde al mix energético son los grandes aliados de China. De hecho, las renovables alcanzarán las dos terceras partes de la capacidad de energía adicional en los próximos cinco años, según la Administración Nacional de Energía de China, lo que supone duplicar la capacidad solar y eólica de 530 GW alcanzados en 2020 a los 1.200 GW contemplados para 2030. De ahí que el gigante asiático considere la transición hacia la neutralidad del carbono como una oportunidad para estimular el crecimiento económico, impulsar el empleo en la industria verde y en la digital, y fomentar la adopción entre la sociedad de modelos de movilidad menos contaminantes.

En este proceso de transición energética, la mayor dificultad a la que se enfrenta China no es tanto el ritmo de crecimiento económico que determine finalmente el nivel de reducción en la emisión de CO2, sino la complejidad que supone implementar al mismo ritmo el modelo de descarbonización a escala nacional, sectorial, provincial y regional. Todo ello, sin que los compromisos energéticos vinculados al desarrollo de un ecosistema de ecología verde puedan llegar a comprometer la seguridad energética.

El desigual desarrollo de las zonas costeras y las provincias del interior, más dependientes del consumo del carbón como motor económico, dificulta el acceso a un consumo energético procedente de energías limpias. De modo que será la implementación de las normas legislativas a nivel provincial y el plan de acción de cambios estructurales a escala sectorial, que se espera esté publicado en los próximos meses, los que marquen la dinámica de transformación del mix energético. Se apuesta así por pasar del actual modelo de arriba abajo, donde el gobierno central marcaba los límites de emisión general, a una estrategia de abajo arriba donde las provincias y sectores marcan la pauta para alcanzar el pico de emisiones antes de 2025, de igual forma a cómo sucede con el enfoque del Acuerdo de París.

El programa de transición energética planteado por China parece consistente con el objetivo de alcanzar el pico de emisiones y presenta una senda positiva para limitar el ascenso de la temperatura media global a 1,5ºC, aunque la neutralidad del carbono en 2060 necesitará de esfuerzos algo más ambiciosos y de un plan más detallado. No obstante, cuanto más pronto se alcance el pico de emisiones, más factible será frenar el calentamiento global antes de 2060

Fuente: Agueda Parra- ESGlobal

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